Escribe Medardo Fraile (El cuento de
siempre acabar, p.428):
"Angulema tenía todas las trazas de
una ciudad ascética. La vi en la pendiente de una colina, enloquecida en su
afilada esbeltez, llena de grises. El Greco hubiera hecho un gran cuadro de
ella. Parecía funeral, silenciosa, un punto menos que ciudad de muertos. Debía
de haber en ella pedazos vivos de tiempo, hidalgos azorinianos que contemplan
irresolutos el tren y sus propios recuerdos y rezan mirando el camino a París o
a Jerusalén. Me hubiera gustado vivirla, conocerla a fondo."